Otra batalla contra la hipocresía

Por Alberto Fernández
Publicado en Crítica de la Argentina, domingo 25 de abril de 2010
Mi madre se divorció de mi padre siendo yo muy niño. Poco tiempo después rehizo su vida casándose en México con un hombre que no sólo la acompañó hasta el día en que la muerte lo atrapó, sino que en todo ese tiempo ocupó en la familia el lugar que mi padre biológico había abandonado.
De niño padecía tener que explicar en el colegio que mi hermano menor, precisamente por haber nacido en el segundo matrimonio de mi madre, tenía otro apellido. Tan traumático como tener que explicar que aquel señor a quien yo llamaba papá y cuidaba de mí como si lo fuera, en verdad era el “segundo marido” de mi madre.
Con todo, nosotros sentíamos ser parte de una familia no sólo en sus formas, sino también en el amor que nos dispensábamos. Pero aun así, la sociedad nunca nos trataba como tal porque el sistema legal argentino impedía a quienes se habían divorciado recrear una nueva familia. De este modo, aquel que se divorciaba estaba condenado a vivir en una suerte de relación legítima, impedido de reconstruir sus afectos al amparo de las leyes vigentes. Las uniones de los divorciados eran simples concubinatos y los niños engendrados en ese amor, hijos extramatrimoniales.
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